Lo que todavía no alcanzamos a saber es si lo que llegará cuando esta clausura colectiva termine va a ser para siempre o solo para un tiempo.

csoriano
03 de Abril de 2020

BENJAMÍN LANA

Lo que sí sabemos seguro es que nuestras vidas no serán las mismas cuando salgamos a la calle. No lo serán en los asuntos importantes, como la correlación de fuerzas entre la política y la economía, la propagación del miedo o la búsqueda de nuevas certidumbres ahora que ha quedado demostrado que nuestra especie ni puede controlar el mundo ni siquiera su propia salud, pero tampoco lo serán en nuestro día a día. No volveremos tan pronto a viajar apelotonados en el metro, ni a entrar en un bar atestado de gente o en un estadio con miles de personas haciendo cola.

Si aterrizamos estos pensamientos en nuestro universo de tenedores y cucharas, en lo que afecta directamente a esos 1,7 millones de españolitos que viven de la hostelería –y prácticamente a la sociedad en su conjunto como consumidores–, la visión menos tremenda dista mucho de ser optimista. ¿Se imaginan la Parte de Vieja de San Sebastián o el Casco Viejo de Bilbao o Valladolid sin sus barras de pinchos? ¿Qué puede pasar con el tapeo una vez que se levante el confinamiento? ¿Y con las ilustradas barras madrileñas o alicantinas en las que se come de tenedor y cuchillo con los codos bien pegados al cuerpo porque nos disputamos escasos centímetros de espacio con otros comensales? ¿Cuándo podremos volver a ver la sonrisa de nuestro camarero de confianza al entrar al bar de mañana sin una mascarilla que nos recuerde más al servicio de urgencias? ¿Quiénes seremos sin todo eso?

Una cornada
Si el gran invento colectivo de la cocina española se llama tapa o pincho, con todas sus variaciones, básicamente comida informal, rápida y, sobre todo, compartida, nadie dudará de que este maldito virus le ha asestado una cornada muy cerca del corazón. ¿Qué dirán los ministros de uno y otro partido cuando el miedo a un rebrote empuje a mantener restricciones draconianas en pleno verano del 2020? ¿Volverán los guiris a tomar tapas en Sevilla? ¿Cuándo?

David Chang, propietario del Momofuku neoyorkino y doce restaurantes más, actual estrella de la televisión y uno de los cocineros más reflexivos del momento, explicaba a ‘The New York Times’ que si el Gobierno estadounidense no actúa en defensa del sector como hizo en 2008 con los bancos y lo rescata directamente no podrá salir adelante. Chang asegura que solo las grandes cadenas podrán resistir un embate como éste y que si no hay dinero público contante y sonante y una renta para pequeños empresarios y empleados los restaurantes familiares y los alternativos –’The mom and pop’– no podrán ni siquiera levantar la persiana.

Salir del ensimismamiento
En España el sector está empezando a salir del ensimismamiento, del noqueo por el puñetazo recibido que lo ha mantenido tumbado en la lona durante semanas. Al menos ya se enfada en los chats privados mientras sigue escuchando infinidad de voces tan ingenuas como bienintencionadas que aseguran: «saldremos adelante más fuertes» y «volverán los días de vino y rosas». Pura emocionalidad en tiempos que hace falta más cerebro que agallas.
¿Pero quién lidera, quién da la cara? Ha llegado el momento, si la leve desfibrilación colectiva no está sirviendo para recuperar el latido, de meter una inyección de adrenalina. ¿Y eso en qué se concreta, se dirá? ¿Cómo se puede ‘apretar’ ahora que ni hay posibilidad de hacer manifestaciones ni llamar a una huelga general?

Materia gris y dinero
En 2008 se decía que había que rescatar a los bancos porque en España eran sistémicos. ¿Se acuerdan? Y si caían caeríamos todos. Con el turismo y la hostelería puede ocurrir igual. El sector es sistémico de otra manera. La atomización de su tejido empresarial determina que ningún negocio que quiebre puede por sí mismo dar al traste con el todo, pero ha de hacerse ver a quien todavía no sea consciente que las oportunidades reales, en términos de empleo y de creación de valor, que le quedan a este país están íntimamente ligadas a su principal industria desde hace 50 años, que no es otra que el turismo-hostelería.
Hace unas semanas hablábamos ya en este espacio de un plan Marshall para el sector o como quiera llamársele. Alguien debe pensar con urgencia en el día siguiente y trazar un camino. Suena extraño afirmar esto cuando los muertos diarios se cuentan por centenares, pero ya llevamos semanas suficientes para que las autoridades se hayan podido organizar.
Hay materia gris y debe haber dinero para todo. Al menos para prever de modo concreto y preciso cómo vamos salir de ésta, más allá de paliar los efectos a corto plazo. Si los que están en los gabinetes ministeriales no son suficientes, hay cientos de expertos de todos los sectores en sus casas dispuestos a ayudar a planificar un futuro que se presentará sin avisar y nos debe coger preparados, no como el maldito virus.

PD. McLuhan describía en los 60 cómo la interconexión humana que se venía gracias a la tecnología nos situaría en una ‘aldea global’. Hace una década la idea permeó a la economía y nos hablaron de la ‘globalización’, pero nadie previó que, como en la Edad Media, sería una enfermedad la que hiciera dolorosamente real esa idea de un único mundo sin frontera