Un virus ha conseguido que ese espacio físico se convierta de nuevo en el corazón del hogar

csoriano
27 de Marzo de 2020

En esta era de gurús y futurólogos en la que cada día nos anuncia cómo va a cambiar la sociedad, nadie había previsto un frenazo en seco de eso que llaman ‘tendencias’. Cuando en el sector de la alimentación no se hablaba más que de nuevos modelos de negocio y del reparto a domicilio de comida elaborada, cuando los arquitectos más vanguardistas mostraban sus diseños con viviendas sin cocina porque en el primer mundo nadie las va a necesitar, un virus consigue que ese espacio físico se convierta de nuevo en el corazón del hogar. El sitio de la casa en donde se conservaba el fuego, y aún se mantiene hoy en día, y, por ende, en su principal declinación semántica: Cocina, conjunto de conocimientos culturales propio de cada grupo humano que convierte productos en alimentos. Cuando la disponibilidad de dinero iba a ser mayor que la de tiempo y, por tanto, iba ser más rentable pagar que dedicar una hora a hacerse el almuerzo, lo que nos sobra, encerrados entre las cuatro paredes de nuestra casa, gracias a Dios todavía con cocina, es tiempo, y quién sabe qué va a pasar con el dinero.

No se apuren que no vengo en plan fatalista. El párrafo de arriba es tan solo provocador y un poco irónico. Solo vengo a hacer propaganda de lo mío, que como ya saben es defender a los restaurantes y a toda su tribu y, al mismo tiempo, con más énfasis aún, abanderar la vuelta a la cocina en casa, conceptos que no son contradictorios desde que hay más días que longanizas y en esta parte del mundo podemos comer caliente al menos dos veces al día.

En estos tiempos que parecen una Semana Santa de los años del Nacional Catolicismo, con su encierro en las casas y su tristeza colectiva, pero infinitamente más larga y penosa, anda parte del gremio de plumillas del comer, cocineros de estrellas y humildes curritos del fogón grabando vídeos y alentando en las redes sociales recetas facilitas para que todo el mundo coma durante el encierro del Covid, como si no hubiera ya en Internet muchos millones de ellas (solo en español y casi sin buscar he encontrado más de 120.000) y las bibliotecas de todas las casas no guardaran viejos recetarios apropiados para cocinar la escasez, desde el Practicón, el Simone Ortega, el de Ana María Herrera, conocido durante décadas como el de la Sección Femenina, y alguno más moderno, seguro de Arguiñano, o de los que regalaban las extintas cajas de ahorro provinciales.

Volver al papel

No es que me parezca mal, cada uno pasa este trago ocupando su tiempo como puede y sintiéndose útil, pero digo yo que no vendría mal aprovechar para algo que aporte más, si no surgen mejores ideas incluso para volver al reposado tempo que nos ofrece el papel y las viejas recetas tradicionales con las que salimos adelante cuando el país contaba con menos ingredientes, más sanos y más humildes.

He cogido de la estantería ‘Cocinar’, mi manoseado volumen de Michael Pollan, el autor que siempre me da alguna luz, y curiosamente tenía la solapa pillada sobre la página 21. Leo una frase subrayada en ella: «Cocinar es una de las actividades más interesantes y satisfactorias que pueden realizar los seres humanos». Me reconforta porque refuerza mis propias convicciones. La hilo con otra idea suya que leí en ‘El dilema del omnívoro’, otro de sus libros imperdibles, en el que sostiene que uno de los grandes problemas de Occidente es que comer se ha convertido en un acto tan rutinario que ha terminado siendo banal y muy pocas personas se cuestionan qué deberían comer y qué pasa con lo que comen.

Pollan explica gráficamente que una cosa es la comida y otra los alimentos y que el abuso de los productos procesados nos está degradando física, emocional y culturalmente y por eso reivindica retomar el control de la preparación de alimentos como primer paso para que nuestro sistema alimentario sea más sano y sostenible. «La comida en familia es un auténtico semillero de democracia», llega a decir.

Tiempo o pereza

Según mi particular encuesta global elaborada durante años de preguntar a mucha gente la misma cosa, el principal argumento para no cocinar en casa a diario es la falta de tiempo. Esta tesis es fácilmente rebatible con solo explicar al encuestado la posibilidad real de hacer la compra desde el móvil y de cocinar muy rápido con productos naturales y solo con técnicas muy básicas. Decimos falta de tiempo cuando lo que deberíamos decir es simple pereza, como ocurre a tanta gente con el ejercicio físico.

Este desconocido y terrible tiempo de espera que nos toca tendrá que dejarnos algunas cosas buenas. Quizás una de ellas sea aprender a luchar contra esa galbana, volver a cogerle el gusto a la sartén y a las legumbres hechas con tiempo, no solo como acontecimiento del fin de semana sino de diario o casi. También es tiempo de soñar.